El sacrificio tiene su recompensa.

El sacrificio tiene su recompensa.

Todos vemos nuestro sacrificio recompensado, de alguna u otra manera. Unos más temprano, otros más tarde. Pero el esfuerzo y el trabajo en algún momento te pasa una cuenta con superávit.

El deportista tiene frustraciones y alegrías como todos. Se sacrifica, anhela, desea y, en nuestro país al menos, en medio de situaciones no tan afortunadas. Nada de llorar miserias, pero la realidad hay que decirla.

Hay no sólo un mundo, sino tres y cuatro y cinco de diferencia entre la preparación de los nuestros con respecto a los demás. Y a pesar de esa realidad indiscutible e irrefutable, los nuestros se destacan, luchan, consiguen títulos y medallas importantes a nivel regional -a veces a nivel mundial- y alcanzan hitos que no siempre son bien valorados por el aficionado y la prensa.

En la noche del Maracaná, once deportistas vieron su fe y dedicación recompensada. Algunos por primera vez, otros ya algo acostumbrados a la gran pasarela de los atletas. La sensación es irremplazable. Uno nota la felicidad de sus rostros y se ve representado. No hay cómo sentirse de otra forma, al menos quien ama el deporte y lo disfruta en todas sus maneras.

Julieta llevaba el honor. Esa hermosa bandera tricolor flameaba en sus manos mientras el mundo la admiraba y la aplaudía como al resto de las delegaciones. Allí paseaba un grupo de soñadores. Marcelo, Fabrizio, Paulo, Benjamín, Karen, Derlis, Carmen, Gabriela, Arturo, Verónica y, por supuesto, Julieta. Todos con sus vidas a cuesta, sus caminos y sus historias. Todos en un sólo momento, el momento en que sintieron que valió la pena.

Jorge Chipi Vera