Hasta siempre, Phelps.

Hasta siempre, Phelps.

Cuando sean las 23:04, en el Estadio Olímpico Acuático de Rio de Janeiro, asomará por última vez a la piscina su espigado cuerpo de 1 metro 93. Con la carrera en disputa, en los 4 x 100 estilos, cruzará fugazmente sus brazos y se golpeará la espalda esperando su turno. Allí se lanzará al final de su era. Lejos quedó aquel niño que con 15 años clasificó a sus primeros Juegos Olímpicos –Sydney2000- donde aún sin ganar medalla, se metió a una final y dejó en claro que una historia increíble estaba por escribirse. Sobre todo porque meses después logró batir el récord mundial en los 200 mariposa y se convirtió en el nadador más joven en bajar una plusmarca.

Hoy, 13 de agosto del 2016, el mundo verá cómo se despide uno de los más grandes de la historia del deporte. Michael Phelps ha sido, más allá de sus éxitos, un luchador empedernido. Ganó, perdió, compitió, rió y lloró. Es decir, fue humano. Humano porque hay atletas que explotan, pasan como una ráfaga, simulan ser extraterrestres, sellan su marca en el tiempo y se retiran dejando su recuerdo para siempre. Así, fugaz. Phelps no. Porque Phelps dejará un proceso mucho más real, mucho más terrenal. Porque en todo este tiempo le hemos visto pasar por diferentes circunstancias, dentro y fuera de la pileta. Lo vimos superarse, lo vimos caer, lo vimos ganar por una centésima de forma heroica como también lo vimos fuera del podio. Lo vimos fumando una marihuana, conduciendo borracho y también lo vimos ser padre de familia. Respeto pero disiento con los “obligan” a los deportistas o a los famosos a ser ejemplos de perfección y que su condición de superestrella no les permite fallar. “A mí nadie me enseñó a ser Myke Tyson”, sentenció el campeón mundial más joven del boxeo en su autobiografía “Undisputed Truth”. Claro que es mejor si mantienen una buena conducta en todo momento, sobretodo porque hay niños y niñas que se ven reflejados en ellos, pero de ahí a condenarlos porque se equivocan, no me parece justo. El ejemplo está en la casa y en los valores que nos inculcaron.

Sus primeras medallas en Atenas -las 6 de oro y las 2 de bronce- ya lo situaban entre los mejores de todos los tiempos. El sueño del chico del vecindario de Rogers Forge de Towson, situado al norte de Baltimore, a quien diagnosticaron trastornos por déficit de atención con hiperactividad, era superar las 7 medallas de oro conseguidas en unos mismos Juegos por su compatriota Mark Spitz en 1972. Y para ello lo entrenó Bob Bowman desde los 10 años.

Esos 9 días consecutivos en Beijing, en los que Phelps se desgastó una prueba tras otra, logrando de igual manera las 8 medallas de oro (7 de ellas con Récord Mundial), se convirtieron en una de las hazañas más extraordinarias del deporte. Los 400 combinados sin mayores inconvenientes. Los 4×100 libre con su ángel Jason Lezak salvándole de los franceses. Los 200 libre con enojo de por medio porque las gafas se le llenaron de agua. Los 4×200 con solvencia y los 200 mariposa con autoridad. Los 200 estilos con maestría. Los 100 mariposa con su propio milagro frente al serbio Cavic que le dominó casi todo la carrera y los 4×100 estilos con suficiencia. En ese orden cumplió su objetivo y fue admiración del planeta entero. El “Tiburón de Baltimore” fue tapa de todos los periódicos. Se conoció su supuesta dieta de 12mil calorías, se publicaron las historias de como el campeón sufrió la separación de sus padres y hasta George Bush fue al mágico “Cubo Acuático” para felicitarlo. Era Michael Phelps, el rey del mundo.

En Londres, luego de quedar fuera del podio en su primera carrera y de tener que conformarse con plata en las dos siguientes, inició una racha que culminó con 4 medallas de oro. Así superó a la gimnasta Larisa Latynina como el deportista con más medallas en la historia de los Juegos Olímpicos. Dijo que en la capital inglesa se acababa todo. Que eran sus últimos Juegos y que le ponía un punto final a su carrera. Pero el asesino vuelve siempre a la escena del crimen.

En octubre del 2014, la policía norteamericana lo encontró conduciendo bajo los efectos del alcohol mientras regresaba a Baltimore. USA Swimming lo suspendió por seis meses y no permitió que Michael fuese al Mundial de Kazán 2015. La federación entendió que Phelps infringió el código de conducta y lo castigó. Era momento de sentar cabeza. Si deseaba estar en Rio, todavía estaba a tiempo de enderezar el camino. Llamó a Bowman y le dijo que estaba listo. Este le respondió que ni loco. Phelps insistió hasta convencerlo, y está claro que casi todas las veces consigue lo que busca. Se reconcilió con su padre y reconquistó a su novia Nicole con quien había terminado después de Londres 2012. Juntos tuvieron un hijo (Boomer) y se van a casar cuando concluyan los Juegos. El campeón se reestableció y entrenó. Fijó su concentración en Rio desde otra perspectiva y los resultados están a la vista.

Es humano. Por eso anoche perdió los 100mts mariposa, la prueba que más problemas le ha dado en toda su carrera. Hoy intentará cerrar su ciclo como deportista con la medalla número 23, acaso el número de Michael Jordan. Es que algo tienen en común: revolucionaron sus deportes, traspasaron fronteras y captaron la atención y admiración gente afín y ajena a su juego.

Rio de Janeiro tendrá el privilegio de despedir a este genio. Michael Phelps, sin importar el resultado, observará una vez más el espectro, la piscina, al público y a su familia. Y por entonces, entenderá que se ha acabado.

Jorge Chipi Vera